de Mahmud Darwix

El fénix mortal


Tengo la sabiduría del condenado a muerte:
no tengo cosas que me posean.
He escrito mi testamento con mi sangre:
"¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!".
He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana…
He soñado que el corazón de la tierra era mayor que
su mapa
y más claro que sus espejos y mi cadalso.
He creído que una nube blanca me
ascendía,
como si yo fuera una abubilla con el viento por alas.
Y al alba, la llamada del sereno
me despierta de mi sueño y de mi lenguaje:
vivirás en otro cadáver.
Modifica tu último testamento.
Se ha retrasado la fecha de la segunda ejecución.
¿Hasta cuándo?, pregunto.
Esperaré a que mueras más.
No tengo cosas que me posean, respondo,
he escrito mi testamento con mi sangre:
"¡Confiad en el agua,
moradores de mis canciones!"
Y yo,
aunque fuera el último,
encontraría las palabras suficientes…
cada poema es un cuadro.
Pintaré ahora para las golondrinas
el mapa de la primavera,
para los que pasan por la acera, el azufaifo
y para las mujeres el lapislázuli…
el camino me llevará
y yo le llevaré a hombros
hasta que las cosas recobren su imagen
verdadera,
luego oiré lo genuino:
cada poema es una madre
que busca a su hijo en las nubes,
cerca del pozo de agua.
"Hijo, te daré el relevo.
estoy encinta".
Cada poema es un sueño.
He soñado que soñaba.
Me llevará y le llevaré
hasta que escriba la última línea
en el mármol de la tumba:
"Me he dormido para volar".
Y llevaré al Mesías zapatos de invierno
para que camine como los demás
desde lo alto de la montaña hasta el lago.

 

El fénix mortal

 

Hay en los himnos que entonamos

una flauta,

y en la flauta que nos serena

un fuego,

y en el fuego que encendemos

un fénix verde,

pero en la elegía del fénix no hallo

el rastro de tus cenizas. 

 

Una nube de lilas basta

para ocultarnos

la cabaña del Pescador. Camino

como el Señor sobre las aguas. (Ella me dijo:

que el desierto no invada el recuerdo con que te sueño,

ni otros enemigos las rosas

que despuntan entre las ruinas de tu casa.)

 

Parecía agua el anillo que rodeaba

la cima del monte. Tiberiades

era una plaza menor  del primer paraíso,

y yo dije: con unos ojos verdes

se culminó la Creación.

Y ella dijo: oh príncipe mío prisionero,

pon vino en tu copa.

 

Arden los dos extraños que nos habitan.

Los mismos

que querían aniquilarnos hace nada.

Los mismos

que volverán a sus espadas de aquí a nada.

Los mismos

que nos preguntan: ¿quiénes sois?

-Dos sombras de lo que fuimos, dos nombres

del trigo que brota en el pan de las batallas.

 

No quiero volver, no soy

un cruzado que vuelve,

soy el silencio absoluto

que habita entre dos caras:

la del dios

y la de quien se hace

un nombre.

Soy la sombra que camina sobre las aguas.

Soy el devoto y la devoción,

el templario y el templo

en la tierra que me asedia y te asedia.

 

Sé mi amante entre dos guerras en el espejo

-me dijo-, no quiero regresar ahora

a  la fortaleza paterna… Llévame a tu viña

con tu madre, perfúmame con agua de albahaca, viérteme

en cálices de plata, péiname, que me encierre

la cárcel de tu nombre, que me mate tu amor,

despósame, emparéntame con los ritos del campo,

hazme diestra en la flauta y que tu fuego me abrase: que

      como el fénix

renazca de mi fuego y el tuyo.

 

Algo que parecía el fénix

lloró sangre

antes de caer al agua,

a un paso de la cabaña del Pescador…

 

¿De que sirve mi espera y la tuya?

 

              

( Mahmud Darwix de palestina)

                                          

~ por siemprevueloalsur en 2 septiembre, 2008.

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