MUERTE SIN FIN 1/2


MUERTE SIN FIN

 

                                                                     Conmigo está el consejo y el ser;

                                                                                yo soy la inteligencia; mía es la for-

                                                                                taleza.

 

                                                                                                      Proverbios, 8, 14.

 

                                                                                   Con él estaba yo ordenándolo todo;

                                                                                 y fui su delicia todos los días, tenien-

                                                                                 do solaz delante de él en todo tiempo.

 

                                                                                                       Proverbios, 8, 30.

 

                                                                              Mas el que peca contra mi, defrau-

                                                                                  da su alma; todos los que me aborre-

                                                                                  cen, aman la muerte.

 

                                                                                                        Proverbios, 8, 36.

 

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis,

por un dios inasible que me ahoga,

mentido acaso

por su radiante atmósfera de luces

que oculta mi conciencia derramada,

mis alas rotas en esquirlas en el aire,

mi torpe andar a tientas en el lodo;

lleno de mí -ahíto- me descubro

en la imagen atónita del agua,

que tan sólo es un tumbo inmarcesible,

un desplome de ángeles caídos

a la delicia intacta de su peso,

que nada tiene

sino la cara en blanco

hundida a medias, ya, como una risa agónica,

en las tenues holandas de la nube

y en los funestos cánticos del mar

-más resabio de sal o albor de cúmulo

que sola prisa de acosada espuma.

No  obstante –oh paradoja- constreñida

por el rigor del vaso que la aclara,

el agua toma forma.

En él se asienta, ahonda y edifica,

cumple una edad amarga de silencios

y un reposo gentil de muerte niña,

sonriente, que desflora

un más allá de pájaros

en desbandada.

En la red de cristal que la estrangula,

allí, como en el agua de un espejo,

se reconoce;

atada allí, gota con gota,

marchito el tropo de espuma en la garganta

¡qué desnudez de agua tan intensa,

qué agua tan agua,

está en su orbe tornasol soñando,

cantando ya una sed de hielo justo!

¡Mas qué vaso –también- más providente

éste que así se hinche

como una estrella en grano,

que así, en heroica promisión, se enciende

como un seno habitado por la dicha,

y rinde así, puntual, una rotunda flor

de transparencia al agua,

un ojo proyectil que cobra alturas

y una ventana a gritos luminosos

sobre esa libertad enardecida

que se agobia de cándidas prisiones!

 

 

¡MAS qué vaso –también- más providente!

Tal vez esta oquedad que nos estrecha

en islas de monólogos sin eco,

aunque se llama Dios,

no sea sino un vaso

que nos amolda el alma perdidiza,

pero que acaso el alma sólo advierte

en una transparencia acumulada

que tiñe la noción de El, de azul.

El mismo Dios,

en sus presencias tímidas,

ha de gastar la tez azul

y una clara inocencia imponderable,

oculta al ojo, pero fresca al tacto,

como este mar fantasma en que respiran

-peces del aire altísimo-

los hombres.

¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
un coagulado azul de lontananza,

un circundante amor de la criatura,

en donde el ojo de agua de su cuerpo

que mana en lentas ondas de estatura

entre fiebres y llagas;

en donde el río hostil de su conciencia

¡agua fofa, mordiente que se tira,

ay, incapaz de cohesión al suelo!

en donde el brusco andar de la criatura

amortigua su enojo,

se redondea

como una cifra generosa,

se pone en pie, veraz, como una estatua.

¿Qué puede ser –si no- si un vaso no?
un minuto quizá que se enardece

hasta la incandescencia,

que alarga el arrebato de su brasa,

ay, tanto más hacia lo eterno mínimo

cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.

Un cóncavo minuto del espíritu

que una noche impensada,

al azar

y en cualquier escenario irrelevante

-en el terco repaso de la acera,

en el bar, entre dos amargas copas

o en las cumbres peladas del insomnio-

ocurre, nada más, madura, cae

sencillamente,

como la edad, el fruto y la catástrofe.

¿También –mejor que un lecho- para el agua

no es un vaso el minuto incandescente

de su maduración?

Es el tiempo de Dios que aflora un día,

que cae, nada más, madura, ocurre,

para tornar mañana por sorpresa

en un estéril repetirse inédito,

como el de esas eléctricas palabras

-nunca aprehendidas,

siempre nuestras–

que eluden el amor de la memoria,

pero que a cada instante nos sonríen

desde sus claros huecos

en nuestras propias frases despobladas.

Es un vaso de tiempo que nos iza

en sus azules botareles de aire

y nos pone una máscara grandiosa,

ay, tan perfecta,

que no difiere un rasgo de nosotros.

Pero en las zonas ínfimas del ojo,

en su nimio saber,

no ocurre nada, no, sólo esta luz,

esta febril diafanidad tirante,

hecha toda de pura exaltación,

que a través de su nítida substancia,

nos permite mirar,

sin verlo a El, a Dios,

lo que detrás de El anda escondido:

el tintero, la silla, el calendario

-¡todo a voces azules el secreto

de su infantil mecánica!-

en el instante mismo que se empeñan

en el tortuoso afán del universo.

 

Pero en las zonas ínfimas del ojo,

no ocurre nada, no, sólo esta luz

-ay, hermano Francisco,

esta alegría,

única, riente claridad del alma.

Un disfrutar en corro de presencias,

de todos los pronombres –antes turbios

por la gruesa efusión de su egoísmo-

de mí y de El y de nosotros tres

¡siempre tres!

Mientras nos recreamos hondamente

en este candor que todo ignora,

en esta aguda ingenuidad del ánimo

que se pone a soñar a pleno sol

y sueña los pretéritos de moho,

la antigua rosa ausente

y el prometido fruto de mañana,

como un espejo del revés, opaco,

que al consultar la hondura de la imagen

le arrancara otro espejo por respuesta.

Mirad con qué pueril austeridad graciosa

distribuye los mundos en el caos,

los echa a andar acordes como autómatas;

al impulso didáctico del índice

oscuramente

¡HOP!

Los apostrofa

y saca de ellos cintas de sorpresas

que en un juego sinfónico articula,

mezclando en la insistencia de los ritmos

¡planta-semilla-planta!

¡planta-semilla-planta!

su tierna brisa, sus follajes tiernos,

su luna azul, descalza, entre la nieve

sus mares plácidos de cobre

y mil y un encantadores gorgoritos.

Después, en un crescendo insostenible,

mirad como dispara cielo arriba,

desde el mar,

el tiro prodigioso de la carne

que aún a la alta nube menoscaba

con el vuelo del pájaro,

estalla en él como un cohete herido

y en sonoras estrellas precipita

su desbandada pólvora de plumas.

 

 

                                                                  

Más en la médula de esta alegría,

no ocurre nada, no;

sólo un cándido sueño que recorre

las estaciones todas de su ruta

tan amorosamente

que no elude seguirla a sus infiernos,

ay, y con qué miradas de atropina,

tumefactas e inmóviles, escruta

el curso de la luz, su instante fúlgido,

en la piel de una gota de rocío;

concibe el ojo

y el intangible aceite

que nutre de esbeltez a la mirada;

gobierna el crecimiento de las uñas

y en la raíz de la palabra esconde

el frondoso discurso de ancha copa

y el poema de diáfanas espigas.

Pero aún más –porque en su cielo impío

nada es tan cruel como este puro goce-

somete sus imágenes al fuego

de especiosas torturas que imagina

-las infla de pasión,

en el prisma del llanto las deshace,

las ciega con el lustre de un barniz,

las satura de odios purulentos,

rencores zánganos

como una mala costra,

angustias secas como la sed del yeso.

Pero aún más –porque, inmune a la mácula,

tan perfecta crueldad no cede a límites-

perfora la substancia de su gozo

con rudos alfileres;

piensa el tumor, la úlcera y el chancro

que habrán de festonar la tez pulida,

toma en su mano etérea a la criatura

y la enjuta, la hincha o la demacra,

como a un copo de cera sudorosa,

y en un ilustre hallazgo de ironía

la estrecha enternecido

con los brazos glaciales de la fiebre.

Mas nada ocurre, no, sólo este sueño

desorbitado

que se mira a sí mismo en plena marcha;

presume. pues, su término inminente

y adereza en el acto

el plan de su fatiga,

su justa vacación,

su domingo de gracia allá en el campo,

al fresco albor de las camisas flojas.

¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla,

se regala en el ánimo

para gustar la miel de sus vigilias!}

Pero el ritmo es su norma, el solo paso,

la sola marcha en círculo, sin ojos;

así, aun de su cansancio, extrae

¡HOP!

largas cintas de cintas de sorpresas

que en un constante perecer enérgico,

en un morir absorto,

arrasan sin cesar su bella fábrica

hasta que –hijo de su misma muerte,

gestado en la aridez de sus escombros-

siente que su fatiga se fatiga,

se erige a descansar de su descanso

y sueña que su sueño se repite,

irresponsable, eterno,

muerte sin fin de una obstinada muerte,

sueño de garza anochecido a plomo

que cambia sí de pie, mas no de sueño,

que cambia si la imagen,

mas no la doncellez de su osadía

¡oh inteligencia, soledad en llamas!

que lo consume todo hasta el silencio,

si como una semilla enamorada

que pudiera soñarse germinando,

probar en el rencor de la molécula

el salto de las ramas que aprisiona

y el gusto de su fruta prohibida,

ay, sin hollar, semilla casta,

sus propios impasibles tegumentos.

 

 

¡OH INTELIGENCIA, soledad en llamas,

que todo lo concibes sin crearlo!

finge el calor del lodo,

su emoción de substancia adolorida,

el iracundo amor que lo embellece

y lo encumbra más allá de las alas

a donde sólo el ritmo

de los luceros llora,

mas no le infunde el soplo que los pone en pie

y permanece recreándose en sí misma,

única en El, inmaculada, sola en El,

reticencia indecible,

amoroso temor de la materia,

angélico egoísmo que se escapa

como un grito de júbilo sobre la muerte

-¡oh inteligencia páramo de espejos!

helada emanación de rosas pétreas

en la cumbre de un tiempo paralítico;

pulso sellado;

como una red de arterias temblorosas,

hermético sistema de eslabones

que apenas se apresura o se retarda

según la intensidad de su deleite;

abstinencia angustiosa

que presume el dolor y no lo crea,

que escucha ya en la estepa de sus tímpanos

retumbar el gemido del lenguaje

y no lo emite;

que nada más absorbe las esencias

y se mantiene así, rencor sañudo,

una, exquisita, con su dios estéril,

sin alzar entre ambos

la sorda pesadumbre de la carne,

sin admitir en su intimidad perfecta

el escarnio brutal de esa discordia

que nutren vida y muerte inconciliables,

siguiéndose una a otra

como el día y la noche,

una y otra acampadas en la célula

como en un tardo tiempo de crepúsculo,

ay, una nada más, estéril, agria,

con El, conmigo, con nosotros tres;

como el vaso y el agua, sólo una

que reconcentra su silencio blanco

en la orilla letal de la palabra

y en la inminencia misma de la sangre.

 

           ¡ALELUYA, ALELUYA!

  (J. Gorostiza)

~ por siemprevueloalsur en 3 noviembre, 2008.

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