Muerte sin fin 2/2

EN LA RED de cristal que la estrangula,

el agua toma forma,

la bebe, sí, en el modulo del vaso,

para que éste también se transfigure

con el temblor del agua estrangulada

que sigue allí, sin voz, marcando el pulso

glacial de la corriente.

Pero el vaso

-a su vez-

cede a la informe condición del agua

a fin de que –a su vez- la forma misma,

la forma en sí, que está en el duro vaso

sosteniendo el rencor de su dureza

y está en el agua la aguijada espuma

como presagio cierto de reposo,

se pueda sustraer el vaso de agua;

un instante, no más,

no más que el mínimo

perpetuo instante del quebranto,

cuando la forma en sí, la pura forma,

se abandona al designio de su muerte

y se deja arrastrar, nubes arriba,

por ese atormentado remolino

en que los seres todos se repliegan

hacia el sopor primero,

a construir el escenario de la nada.

Las estrellas entonces ennegrecen.

Han vuelto el dardo informe

a la noche perfecta de su aljaba.

 

   PORQUE en el lento instante del quebranto,

cuando los seres todos se repliegan

hacia el sopor primero

y en la pira arrogante de la forma

se abrasan, consumidos por su muerte

-¡ay, ojos, dedos, labios,

etéreas llamas del atroz incendio!-

el hombre ahoga con sus manos mismas,

en un negro sabor de tierra amarga,

los himnos claros y los roncos trenos

con que cantaba la belleza,

entre tambores de gangoso idioma

 y esbeltos címbalos que dan al aire

sus golondrinas de latón agudo;

ay, los trenos e himnos que loaban

la rosa marinera

que consuma el periplo del jardín

con sus velas henchidas de fragancia;

y el malsano crepúsculo de herrumbre,

amapola de aire lacerado

que se pincha en las púas de un gorjeo;

y la febril estrella, lis de calosfrío,

punto sobre las íes

de las tinieblas;

y el rojo cáliz del pezón macizo,

sola flor de granado

en la cima angustiosa del deseo,

y la mandrágora del sueño amigo

que crece en los escombros cotidianos

-ay, todo el esplendor de la belleza

y el bello amor que la concierta toda

en un orbe de imanes arrobados.

  

   PORQUE el tambor rotundo

y las ricas bengalas que los címbalos

tremolan en las alturas de los cantos,

se aniegan, ay, en un sabor de tierra amarga,

cuando el hombre descubre en sus silencios

que su hermoso lenguaje se le agosta,

se le quema –confuso- en la garganta,

exhausto de sentido;

ay, su aéreo lenguaje de colores,

que así se jacta del matiz estricto

en el humo aterrado de sus sienas

o en el sol de sus tibios bermellones;

él, que discurre en la ansiedad del labio

como una lenta rosa enamorada;

él, que cincela sus celos de paloma

y modula sus látigos feroces;

que salta en sus caídas

con un ruidoso síncope de espumas;

que prolonga el insomnio de su brasa

en las mustias cenizas del oído;

que oscuramente repta

e hinca enfurecido la palabra

de hiel, la tuerta frase de ponzoña;

él, que labra el amor del sacrificio

en columnas de ritmos espirales,

sí, todo él, lenguaje audaz del hombre,

se le ahoga –confuso- en la garganta

y de su gracia original no queda

sino el horror de un pozo desecado

que sostiene su mueca de agonía.

  

   PORQUE el hombre descubre en sus silencios

que su hermoso lenguaje se le agosta

en el minuto mismo del quebranto,

cuando los peces todos

que en cautelosas órbitas discurren

como estrellas de escamas, diminutas,

por la entumida noche submarina,

cuando los peces todos

y el ulises salmón de los regresos

y el delfín apolíneo, pez de dioses,

deshacen su camino hacia las algas;

cuando el tigre que huella

las castidad del musgo

con secretas pisadas de resorte

y el bóreas de los ciervos presurosos

y el cordero Luis XV, gemebundo,

y el león babilónico

que añora el alabastro de los frisos

-¡flores de sangre eternas,

en el racimo inmemorial de las especies!-

cuando todos inician el regreso

a sus mudos letargos vegetales;

cuando la aguda alondra se deslíe

en el agua del alba,

mientras las aves todas

y el solitario búho que medita

con su antifaz de fósforo en la sombra,

la golondrina de escritura hebrea

y el pequeño gorrión, hambre en la nieve,

mientras todas las aves se disipan

en la noche enroscada del reptil;

cuando todo –por fin- lo que anda o repta

y todo lo que vuela o nada, todo,

se encoge en un crujir de mariposas,

regresa a sus orígenes

y al origen fatal de sus orígenes,

hasta que su eco mismo se reinstala

en el primer silencio tenebroso.

 

  PORQUE los bellos seres que transitan

por el sopor añoso de la tierra

-¡trasgos de sangre, libres,

en la pantalla de su sueño impuro!-

todos se dan a un frenesí de muerte,

ay, cuando el sauce

acumula su llanto

para urdir la substancia de un delirio

en que -¡tú! ¡yo! ¡nosotros!- de repente,

a fuerza de atar nombres destemplados,

ay, no se que sino el tronco prieto,

desnudo de oración ante su estrella;

cuando con él, desnudos, se sonrojan

el álamo temblón de encanecida barba

y el eucalipto rumoroso,

témpano de follaje

y tornillo sin fin de la estatura

que se pierde en la nubes, persiguiéndose;

y también el cerezo y el durazno

en su loca efusión de adolescentes

y la angustia espantosa de la ceiba

y todo cuanto nace de raíces,

desde el heroico roble

hasta la impúbera

menta de boca helada;

cuando las plantas de sumisas plantas

retiran el ramaje presuntuoso,

se esconden en sus ásperas raíces

y en la acerba raíz de sus raíces

y presas de absurdo crecimiento

se desarrollan hacia la semilla,

hasta quedar inmóviles

¡oh cementerios de talladas rosas!

en los duros jardines de la piedra.

 

   PORQUE desde el anciano roble heroico

hasta la impúbera

menta de boca helada,

ay, todo cuanto nace de raíces

establece sus tallos paralíticos

en los duros jardines de la piedra,

cuando el rubí de angélicos melindres

y el diamante iracundo

que fulmina a la luz con un reflejo,

más el ario zafir de ojos azules

y la geórgica esmeralda que se aniega

en el abril de su robusta clorofila,

una a una, las piedras delirantes,

con sus lindas hermanas cenicientas,

turquesa, lapislázuli, alabastro,

pero también el oro prisionero

y la plata de lengua fidedigna,

ingenuo ruiseñor de los metales

que se ahoga en el agua de su canto;

cuando las piedras finas

y los metales exquisitos todos, todos,

regresan a sus nidos subterráneos

por las rutas candentes de la llama,

ay, ciegos de su lustre,

ay, ciegos de su ojo,

que el ojo mismo,

como un siniestro pájaro de humo,

en su aterida combustión se arranca.

 

   PORQUE raro metal o piedra rara,

así como la roca escueta, lisa,

que figura castillos

con sólo naipes de aridez y escarcha,

y así la arena de arrugados pechos

y el humus maternal de entraña tibia,

ay, todo se consume

con un mohíno crepitar de gozo,

cuando la forma en sí, la forma pura,

se entrega a la delicia de su muerte

y en su sed de agotarla a grandes luces

apura en una llama

el aceite ritual de los sentidos,

que sin labios, sin dedos, sin retinas,

sí, paso a paso, muerte a muerte, locos,

se acogen a sus túmidas matrices,

mientras unos a otros se devoran

al animal, la planta

a la planta, la piedra

a la piedra, el fuego

al fuego, el mar

al mar, la nube

a la nube, el sol

hasta que todo este fecundo río

de enamorado semen se conjuga,

inaccesible al tedio,

el suntuoso caudal de su apetito,

no desemboca en sus entrañas mismas,

en el acre silencio de sus fuentes,

entre un fulgor de soles emboscados,

en donde nada es ni nada está,

donde el sueño no duele,

donde nada ni nadie, nunca, esta muriendo

y solo ya, sobre las grandes aguas,

flota el espíritu de Dios que gime

con un llanto más llanto aún que el llanto,

como si herido -¡ay, El también!- por un cabello,

por el ojo en almendra de esa muerte

que emana de su boca,

hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.¿Quién es? Es el Diablo,

 

             ¡ALELUYA, ALELUYA!

 

 

¡T AN-TAN! ¿Quién es? Es el Diablo,

es una espesa fatiga,

un ansia de trasponer

estas lindes enemigas,

este morir incesante,

tenaz, esta muerte, viva,

¡oh Dios! que te está matando

en tus hechuras estrictas,

en las rosas y en las piedras,

en las estrellas ariscas

y en la carne que se gasta

como una hoguera encendida,

por el canto, por el sueño,

por el color de la vista.

 

   ¡Tan-Tan! ¿Quién es? Es el Diablo

ay, una ciega alegría,

un hambre de consumir

el aire que se respira,

la boca, el ojo, la mano;

estas pungentes cosquillas

de disfrutarnos enteros

en un solo golpe de risa,

ay, esta muerte insultante,

procaz, que nos asesina

a distancia, desde el gusto

que tomamos en morirla,

por una taza de té,

por una apenas caricia.

 

   ¡Tan-Tan! ¿Quién es? Es el Diablo

es una muerte de hormigas

incansables, que pululan

¡oh Dios! sobre tus astillas;

que acaso te han muerto allá,

siglos de edades arriba,

sin advertirlo nosotros,

migajas, borra, cenizas

de ti, que sigues presente

como una estrella mentida

por su sola luz, por una

luz sin estrella, vacía,

que llega al mundo escondiendo

su catástrofe infinita.

 

              [BAILE]

 

   Desde mis ojos insomnes

mi muerte me está acechando,

me acecha, sí, me enamora

con su ojo lánguido.

¡Anda, putilla del rubor helado,

anda, vámonos al diablo!

  

              Fin de la Muerte sin fin

 

                              México 1939

 

                           José Gorostiza

~ por siemprevueloalsur en 3 noviembre, 2008.

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